Sus brazos como el acero
daban la impresión de ser,
fuerte, alto, gallardo, fiero,
como de Aragón que fué.
No le arredraba ni el viento,
ni la lluvia, ni el calor,
todos los dias del año
al campo a hacer su labor.
Francisco se llamaba el hombre
que no hubo igual, no señor.
Buen padre, mejor abuelo,
no tuvo rival, no hubo dos.
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